Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis… —Hebreos 13:16
Al pensar en las maravillas de la creación divina, lo que más me asombra son las enormes secuoyas. Estos árboles gigantes pueden crecer hasta 90 metros de altura y tener un diámetro de más de 6 metros. Llegan a vivir más de 3.000 años y son resistentes al fuego. Es más, los incendios forestales abren las piñas y desparraman las semillas en el suelo fertilizado por las cenizas. Quizá lo más asombroso es que pueden crecer con solo un metro de profundidad de tierra y soportar vientos fuertes. Su solidez yace en que sus raíces están entrelazadas, lo que las fortalece y alimenta entre sí.
El plan de Dios para nosotros es similar. Nuestra capacidad para permanecer firmes a pesar de los vientos impetuosos de la vida es proporcional al amor y el respaldo que recibimos del Señor y de los demás. Entonces, como dice el escritor de Hebreos, no debemos olvidarnos «de hacer bien y de la ayuda mutua» (13:16). Piensa cuán difícil sería soportar la adversidad si nadie compartiera con nosotros la fortaleza de sus raíces.
Las palabras de aliento, las oraciones intercesoras, el llorar juntos, el sostenernos unos a otros y, a veces, el solo hecho de sentarnos con alguien para demostrarle que lo amamos, tienen gran poder.
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