Lectura: 1 Reyes 19:1-12
La biblia en un año: Génesis 49–50 ; Mateo 13:31-58
Me encanta tomar fotografías de puestas de sol en los lagos. Algunas tienen tonalidades pasteles sublimes, mientras que otras presentan destellos intensos de colores brillantes. Algunas veces, el sol se esconde delicadamente detrás del espejo de agua; y otras, se pone en lo que parece ser una llameante explosión.
Tanto en las fotos como en las personas, prefiero esto último, pero ambas situaciones muestran la obra de Dios. Cuando se trata de la obra del Señor en el mundo, me sucede lo mismo. Me gusta más ver respuestas sorprendentes a la oración que provisiones comunes y corrientes de pan cotidiano. Pero ambas son obras divinas.
Quizá Elías tenía preferencias similares. Había crecido en medio de demostraciones extraordinarias del poder de Dios. Cuando oró, el Señor apareció de una manera espectacular: primero, derrotando milagrosamente a los profetas de Baal; y después, al final de una larga y devastadora hambruna (1 Reyes 18). Pero, luego, Elías tuvo miedo y huyó. Entonces, Dios mandó un ángel para que lo alimentara y fortaleciera en el viaje. Después de 40 días, llegó a Horeb; y, allí, el Señor se comunicó con él mediante una voz suave y apacible, en lugar de hacerlo con milagros extraordinarios (19:11-12).
Si estás desanimado porque Dios no ha aparecido en un destello de gloria, tal vez esté manifestándose mediante su presencia silenciosa.
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