Lectura: Mateo 21:1-11
La biblia en un año: Jueces 7-8;Lucas 5:1-16
De vez en cuando, leo de algunos que se ofenden porque no han sido tratados con el respeto y la deferencia que creen merecer. «¿Sabe quién soy yo?», gritan indignados. Y esto nos recuerda el dicho: «Si tienes que decirle a la gente quién eres, es probable que no seas lo que crees ser». El extremo opuesto de esta arrogancia y prepotencia se ve en Jesús; incluso cuando su vida estaba acercándose al final.
Jesús entró en Jerusalén en medio de los gritos de alabanza del pueblo (Mateo 21:7-9). Cuando otros habitantes de la ciudad preguntaron: «¿Quién es éste?», las multitudes respondieron: «Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea» (vv. 10-11). Él no apareció reclamando privilegios especiales, sino que, con humildad, vino a entregar obedientemente su vida a la voluntad de su Padre.
Las palabras de Jesús y sus obras merecían respeto. Sin embargo, a diferencia de los gobernantes inseguros, Él nunca exigió que los demás lo respetaran. Sus horas más angustiosas parecen ser sus puntos de mayor debilidad y fracaso. No obstante, el poder de su identidad y misión lo ayudaron a atravesar esos momentos oscuros, cuando Él murió por nuestros pecados para que nosotros pudiéramos vivir en su amor.
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