Lectura: Salmo 119:71-75
La biblia en un año: Juan 16
Durante la Segunda Guerra Mundial, mi padre sirvió en el ejército estadounidense en el Pacífico Sur. En esa época, rechazaba cualquier idea religiosa, declarando: «No necesito ninguna muleta». Sin embargo, llegó el día en que su actitud hacia las cuestiones espirituales cambiaría para siempre. Mi madre estaba por dar a luz a su tercer hijo, y mi hermano y yo nos fuimos a acostar entusiasmados por conocer a un nuevo hermanito. Cuando me levanté a la mañana siguiente, le pregunté ansioso a papá: «¿Es un varón o una nena?». Me respondió: «Era una niña, pero nació muerta». Lloramos juntos y lamentamos nuestra pérdida.
Por primera vez, mi padre le entregó su corazón roto a Jesús en oración. En ese momento, sintió una paz y un consuelo abrumadores de parte de Dios, aunque nada podría reemplazar a su hija. Al poco tiempo, empezó a interesarse en la Biblia y siguió orando a Aquel que estaba sanando su corazón destrozado. Su fe fue creciendo con los años, y se transformó en un seguidor firme de Jesús. Lo sirvió como maestro de estudios bíblicos y líder en la iglesia.
Jesús no es una muleta para los débiles. ¡Es la fuente de nueva vida espiritual! Cuando estamos deshechos, Él puede restaurarnos y sanarnos (Salmo 119:75).
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