Séneca, el gran filósofo de la antigua Roma, fue acusado de adulterio por la emperatriz Mesalina. El Senado lo sentenció a muerte, pero el emperador Claudio decidió exiliarlo a Córcega, quizá porque sospechaba que la acusación era falsa. Tal vez ese indulto motivó la perspectiva de Séneca sobre la gratitud, al escribir: «homicidas, tiranos, ladrones, adúlteros, asaltantes, sacrílegos y traidores siempre habrá, pero peor que todo eso es el crimen de la ingratitud».
Es probable que Pablo, contemporáneo de Séneca, coincidiera. En Romanos 1:21, escribió que uno de los disparadores del colapso de la humanidad fue rehusar dar gracias a Dios. Al escribir a los colosenses, tres veces los desafió a ser agradecidos; a «[abundar] en acciones de gracias» (Colosenses 2:7), a ser «agradecidos» por la paz de Dios en sus corazones (3:15). En realidad, la gratitud debería caracterizar nuestras oraciones (4:2).
Las grandes bondades de Dios hacia nosotros nos recuerdan una de las mayores verdades de la vida: Él no solo merece nuestro amor y adoración, sino también nuestra gratitud de corazón. Todo lo bueno en la vida procede de Dios (Santiago 1:17).
Con todo lo que recibimos en Cristo, agradecer debería ser tan natural como respirar. Expresemos nuestra gratitud al Señor por sus bendiciones.
De Bill Crowder
Reflexiona y ora
¿Cuáles son algunas de las bendiciones más grandes y duraderas que recibiste? ¿Qué bendiciones cotidianas has experimentado que suelen ser fáciles de olvidar?
Padre, dame un corazón agradecido.
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